Sobre
el pavimento escarchado, Tánatos camina hacia el único establecimiento abierto
de madrugada. Quiere seguir bebiendo. Los poetas y artistas de los bares de
mala muerte quedan a infinitud de recuerdos, lejos en las calles aullantes que
tan bien conocía. Ahora el idioma extraño muestra sus ropajes de plástico con
sus habitantes de plástico. Y eso le produce constantes nauseas.
El vapor de su respiración se confunde con el humo
del cigarrillo, cuyo ojo escarlata se acentúa en la oscuridad de las calles poco
iluminadas de donde vive. La periferia en que las estrellas iluminan como nunca.
Se detiene. Tira el cigarrillo a medio terminar. Hay dos sombras de entre la penumbra que murmuran
y se mueven pausados.
Enciende otro cigarrillo y la pequeña flama muestra
que a espaldas de la tienda, sentados sobre el piso helado, hay dos personas
compartiendo una botella de licor.
Lo miran con desdén. Agarran con fuerza las bolsas
llenas de tesoros perdidos y comida a medio consumir. Gruñen. Uno de ellos
recoge el pucho del piso y lo fuma insistente. La muerte baila sobre mil
cadáveres
Tánatos continúa la ruta y logra comprar varias
latas de cerveza. Paga y deja el cambio para el joven que lo atendió.
De regreso se detiene frente a los tipos. “Beer?” les dice. Y les deja cuatro latas. “Yes. Thanks man” responden.
Pronuncian
algo más, pero Tánatos solo sonríe y sigue su rumbo. Toma el camino equivocado, ingresa a meterse en
problemas, baila con los humores de los sin hogar.
Se embriaga y tiembla de frio. “Éste, éste es el momento” grita. Y las estrellas siguen brillando como nunca.
Correr nadar gritar y furia furia furia.
Luego el limbo, blanco y frio del encierro. Y luego furia otra vez. Luego solo eso.
Ojos en llamas, dientes chirriantes y ejercicios contra la pared. Peleando con
mi sombra. La escupo, la golpeo y mis puños sangran y dejan huellas rojas en el
muro y el guardia se exalta y el castigo es el exilio dentro del exilio, vacío,
la nada, la mierda y la muerte que arrasa los sueños rotos que susurran detrás de
la muralla de hielo. Del otro que llora, de los otros que se lamentan, de las
esperanzas molidas y vomitadas. Ellos sollozan. Yo solo trato de asesinar a la
bestia, no…, de domar a la bestia que quiere estampar mi cabeza contra el piso,
fracturar mi nariz por tercera vez. Me río de él con una mueca y el guardia duda
de mi cordura. Junto a la bestia destruí todas mis esculturas y desojé mis bitácoras
al viento para perderlo todo, para incendiarlo todo antes de llegar hasta aquí.
Yo también dudo de mi cordura. Esa manía de mutilarme en piezas y destruir el único
refugio que pude construir. Un castillo de naipes cuya reina sin trono, cuya princesa
si rostro devoran mis entrañas. Y yo mirando al fantasma de lo que no pude ser.
Elegiré la furia antes del llanto, un solo
de guitarra cual blasfemia, ser la herida que no sana de la misma tierra. Caminante
de madrugadas en una tierra extraña. Una copa siempre llena.
Solo, solo, siempre solo, recibiendo con
una sonrisa el puñal inevitable del silencio.
No hay mejor rezo a la Música que un buen trago, y como si enviaran ángeles o demonios que las canciones te acompañe como banda sonora en los momentos claves de tu vida. Tu dios es omnipresente, para mí la música también lo es.
Mirando de reojo las vidas que compartía,
soy sombra insistente de una visita recurrente que ya no es deseada. La voz de
un canto que se disipa acariciando al tiempo. Un eco a lo lejos.
Lejos… lejos. Sigo ausente de mí.
En cada suspiro que es exhalación, hay corazones
que intentan sanarme y me empujan a volver a la punta de la espada. Para morir
entre arboles y arbustos, entre el minutero y el horario, entre pedazos
olvidados de lo que llamé arte.
Las escucho latir al unísono, nombrándome.
Pero no estoy del todo.
Al dormir vuelvo al exilio helado dentro de
esa habitación escarchada. Es adonde voy, es donde me encuentro. Con una
violenta luz perenne, constante sobre mi, que me quemaban los ojos a través de mis párpados.
Insistente, obstinado. Lo blanco del infierno.
Ya es tarde. No salgas Luna a buscarme.
Me vencieron.
Me arrebataron la noche.
sonido
Ludovico Einaudi - Einaudi: Nuvole Bianche (Live From The Steve Jobs Theatre / 2019)
Ella joven madre en una casa ajena, yo un joven soñador partiendo
hacia los andes. Fue la primera vez que nos separamos, que estaría lejos trabajando.
Llanto en la almohada en la noche previa, recorría palabras
quedas sobre su frente en un beso. “¿Qué pasará mañana?” preguntó. “Estarás
bien” respondí, admiraba su fortaleza. Observamos la cuna que cobijaba nuestro
mundo. Nos abrazamos.
“¿Qué pasará mañana?” se titula la canción que escuchaba de
niño al viajar junto a mi padre. Y que extrañamente la volví a escuchar siendo
yo padre, siendo yo quien se iba lejos de casa. La oí en ese viaje, en un auto
en medio de la nada a cuatro mil metros de altura en los andes peruanos.
Entonces recordé a mi padre. Recordé de cuanto lo abrazaba
para que no se vaya de mí. Me sentí niño nuevamente, dibujando con mis dedos sobre
la escarcha de la ventana del auto, soplando mis dedos helados y cantando en
silencio para mí.
Mi padre, y su padre antes que él, fue lejos a ganarse el
sustento alguna vez. Dejaron a su familia para estar más cerca de ellos en un
futuro. Como soldados que van a la guerra llevando la foto de la amada y de sus
hijos que son su esperanza. “Es por ellos, es por ella” se repitieron. Se dieron
fuerzas frente a la incertidumbre, bajo la soledad de sus noches de media cama vacía.
Y ahora miro todo el camino recorrido, y a ella más fuerte
que nunca. La abrasaré hasta ver el amanecer ingresando por la ventana. Dibujaré
un corazón con mis dedos sobre su seno. Le diré “te amo” con un beso.
“¿Qué pasará mañana?” me pregunto como la primera vez.
Sentado junto a ella reconozco las pocas piezas de lo que fue nuestros
cuerpos, pequeños fragmentos que nos gritan lo que alguna vez fuimos. Aúlla la
inocencia perdida, los sueños estrujados. Bebemos esta noche calma, ocultos de los policías
y las alarmas. De una ciudad que nació enferma. De la peste cual mensajera de sus
dioses muertos.
Los años y la noche persevera y las culpas se diluyen en vino barato. Somos
dos cadáveres que aun sienten frío y que persisten en caminar por las calles de
bares clausurados y hogares en duelo. Musitando pesares entre llantos de un
pueblo tantas veces olvidado. Decadentes. Imperdonables.
Ella me besa con su violento color carmesí y al morderme la rojez de sus
pupilas, sus mejillas, de su conciencia se disuelven con mi sangre. Ella llora
y me odia. Me entrega la pequeña grulla de papel que le regalé el día que la
conocí, la última pieza que conserva de mí. De quien fui.
La acaricio. Sus enormes ojos aún pueden ver mis adentros de averno. Le
beso la frente y ensucio sin querer el hermoso mechón plateado de su cabello.
Sigo estropeándolo todo.
Aun es la muchacha más bella que conocí.
Enciendo un cigarrillo y la grulla en llamas inicia su vuelo. La cubro con mi casaca, ella me pasa la botella. Tiene el ultimo sorbo de nuestro tiempo.