Una bitácora de viaje, una estación necesaria.
Proyecto a modo de espacio en que puedo sacar, con dibujos y frases, a los demonios que tengo dentro.


Edmer Montes - Ojo de Cuervo





ausente

miércoles, 7 de julio de 2021



Mirando de reojo las vidas que compartía, soy sombra insistente de una visita recurrente que ya no es deseada. La voz de un canto que se disipa acariciando al tiempo. Un eco a lo lejos.

Lejos… lejos. Sigo ausente de mí.

En cada suspiro que es exhalación, hay corazones que intentan sanarme y me empujan a volver a la punta de la espada. Para morir entre arboles y arbustos, entre el minutero y el horario, entre pedazos olvidados de lo que llamé arte.

Las escucho latir al unísono, nombrándome.

Pero no estoy del todo.

Al dormir vuelvo al exilio helado dentro de esa habitación escarchada. Es adonde voy, es donde me encuentro. Con una violenta luz perenne, constante sobre mi, que me quemaban los ojos a través de mis párpados. Insistente, obstinado. Lo blanco del infierno.

Ya es tarde. No salgas Luna a buscarme.

Me vencieron.

Me arrebataron la noche.


sonido 


Ludovico Einaudi - Einaudi: Nuvole Bianche (Live From The Steve Jobs Theatre / 2019)


 

Lejos

domingo, 16 de mayo de 2021



Ella joven madre en una casa ajena, yo un joven soñador partiendo hacia los andes. Fue la primera vez que nos separamos, que estaría lejos trabajando.

Llanto en la almohada en la noche previa, recorría palabras quedas sobre su frente en un beso. “¿Qué pasará mañana?” preguntó. “Estarás bien” respondí, admiraba su fortaleza. Observamos la cuna que cobijaba nuestro mundo. Nos abrazamos.

“¿Qué pasará mañana?” se titula la canción que escuchaba de niño al viajar junto a mi padre. Y que extrañamente la volví a escuchar siendo yo padre, siendo yo quien se iba lejos de casa. La oí en ese viaje, en un auto en medio de la nada a cuatro mil metros de altura en los andes peruanos.

Entonces recordé a mi padre. Recordé de cuanto lo abrazaba para que no se vaya de mí. Me sentí niño nuevamente, dibujando con mis dedos sobre la escarcha de la ventana del auto, soplando mis dedos helados y cantando en silencio para mí.

Mi padre, y su padre antes que él, fue lejos a ganarse el sustento alguna vez. Dejaron a su familia para estar más cerca de ellos en un futuro. Como soldados que van a la guerra llevando la foto de la amada y de sus hijos que son su esperanza. “Es por ellos, es por ella” se repitieron. Se dieron fuerzas frente a la incertidumbre, bajo la soledad de sus noches de media cama vacía.

Y ahora miro todo el camino recorrido, y a ella más fuerte que nunca. La abrasaré hasta ver el amanecer ingresando por la ventana. Dibujaré un corazón con mis dedos sobre su seno. Le diré “te amo” con un beso.

“¿Qué pasará mañana?” me pregunto como la primera vez.

He de averiguarlo.



 

mechón plateado

domingo, 3 de enero de 2021


 

Sentado junto a ella reconozco las pocas piezas de lo que fue nuestros cuerpos, pequeños fragmentos que nos gritan lo que alguna vez fuimos. Aúlla la inocencia perdida, los sueños estrujados.  Bebemos esta noche calma, ocultos de los policías y las alarmas. De una ciudad que nació enferma. De la peste cual mensajera de sus dioses muertos.

 Los años y la noche persevera y las culpas se diluyen en vino barato. Somos dos cadáveres que aun sienten frío y que persisten en caminar por las calles de bares clausurados y hogares en duelo. Musitando pesares entre llantos de un pueblo tantas veces olvidado. Decadentes. Imperdonables.

 Ella me besa con su violento color carmesí y al morderme la rojez de sus pupilas, sus mejillas, de su conciencia se disuelven con mi sangre. Ella llora y me odia. Me entrega la pequeña grulla de papel que le regalé el día que la conocí, la última pieza que conserva de mí. De quien fui.

 La acaricio. Sus enormes ojos aún pueden ver mis adentros de averno. Le beso la frente y ensucio sin querer el hermoso mechón plateado de su cabello. Sigo estropeándolo todo.

 Aun es la muchacha más bella que conocí.

 Enciendo un cigarrillo y la grulla en llamas inicia su vuelo. La cubro con mi casaca, ella me pasa la botella. Tiene el ultimo sorbo de nuestro tiempo.

 Bebo de su cuerpo.

Las cenizas tatúan su piel.

sonido

Asaf Avidan - In a Box II - The Labyrinth Song


#11 Amanecer

sábado, 31 de octubre de 2020

 



Ella fue el último ser de carne. La niña vestida con la piel del cachorro que mató el hombre y que llamaba hermano. La minúscula falla improbable en la infinita sinfonía del universo.  

La niña y el Árbol. Fueron suyos los días y las noches, las preguntas y las risas… y la lluvia. La húmeda acaricia en sus mejillas que la hacía iluminarse. “Las lágrimas del cielo traen polvo cósmico, brillos de estrellas” decía a la vez que limpiaba cada hoja metódicamente. Hablaba con cada una de ellas como si dentro estuvieran los espectros que le cantaban. 

El árbol nunca dio una flor y la niña llegó a aceptarlo con el tiempo. Sus formas y su aroma estaban en sus recuerdos que evocaban el acto que la hizo humana al arrancar la vida. Y eso la entristecía sobre manera. La usencia. 

Cada noche se arropaba con cortezas blandas y dormía oyendo canciones dentro del árbol, arrullos de mil voces al unísono como una plegaria del hijo que despide a la madre anciana. Como quien rememora besos de buenas noches y despertares jugando con cabellos entre pequeños dedos.

Esa noche la niña se dibujó una flor en la palma de la mano y se acurrucó como el día en que la encontraron. Habló con las constelaciones sobre la soledad de entender el amor, de ser la última en tener memoria de lo vivido.  Acarició para sus adentros los pétalos en cenizas, los latidos pausados. 

Durmió. 

Y el árbol perdió las voces al terminar el arrullo. El silencio recibió a las hojas que cayeron lentamente como un llanto quedo, como un susurro que cuenta la última historia del hombre. 

Mía Lía, la hija de los espectros, la madre del árbol. Aquel amanecer no volvió a despertar. 


sonido
Pan's Labyrinth -  Lullaby



#10 Coraza

viernes, 30 de octubre de 2020


Lía Mía llora.

El cielo hace eco de sus lamentos y llueve, llueve, llueve como nunca. Despiertan los vientos y los cantos, la rojez de un sol que envuelve al horizonte de plegarias cual consuelo de las madres. Y los espectros son refugio, son cobijo para el pequeño cuerpo de la vida. La rodean.

La vorágine de mil constelaciones se alza sobre ellos retumbando recuerdos de millones de nombres, millones de amores, infinitos sueños de libertad destruidos y renacidos por el hombre. No, no había nadie más que los recuerde. Nadie quien pueda oír sobre sus historias… hasta que apareció la niña.

Nuevamente la carne.

Los espectros se juntan cual coraza para mantener encendida la flama de la nueva vida. ¿Qué los impulsa a protegerla ahora? Ellos que fueron los únicos testigos de aquel minúsculo destello que fue el hombre y su tiempo, que deambularon indiferentes sobre sus senderos de fabulosas transformaciones y destrucciones. ¿Por qué la vida nuevamente ante ellos? ¿por qué el dolor? ¿por qué sintieron dolor en esos cuerpos formados de tiempo? ¿acaso es la niña la razón misma de su existencia? 

El fuego está en su centro. “Respira, respira” escucha decir. “Seremos hogar y padre. Seremos árbol para ti”.  La niña duerme sabiéndose amada. Los espectros se unen en una sola esencia.

La niña les regaló la vida, y a la vez la muerte.  

sonido

Zbigniew Preisner - Song for the Unification of Europe



 

#9 - Grito

jueves, 29 de octubre de 2020


Lía mía esta arrodillada frente a la flor y siente un fuego dentro que es confuso, incendiaria y placentera. Siente nostalgia por que no quiere extrañarla más, quiere cubrirse de su perfume y viajar junto a ella a todos esos mundos y galaxias que tanto le han hablado. Enseñarle palabras nuevas que contienen universos infinitos, dormir cantando bajo diferentes cielos aun vivos hasta que no pueda abrir los ojos otra vez.

Se levanta y tiene la flor arrancada entre sus dedos. Aun bella en su muerte. La acaricia. “Este es nuestro viaje” piensa. Quiere dejar todo atrás entusiasmada con el fuego que brasa sus entrañas. Pero los espectros la rodean, son testigos nuevamente de la humanidad.

La niña mira a todos lados. Siente el silencio en la piel, todos miran sus manos. La flor se viste de gris enmudeciendo los cantos de atardeceres futuros. La cobija tratando de salvar los colores y mira aterrada a los espectros. La vida se marchita y siente miedo. Llora pétalos. Tiembla.

Los espectros logran entender. Es lo humano resumido en un acto de amor. 

Mía Lía grita con una voz profunda y constante que su lamento recorrió hacia el límite mismo de lo que existe. Su llanto quiebra el tiempo y el espacio. Y la nada renace como testigo de la muerte como único fin que no ha de cambiar. Ya no hay renacimientos en estos tiempos, la extinción es inevitable.

La quietud del silencio cobija a la niña que se acurruca junto a la flor en una perfecta conjugación. Los espectros la observan inmóviles como fue al inicio de los tiempos, al inicio de la vida. Y sienten, al fin sienten lo humano de dentro de ellos.

Dolor.

sonido

Ludovico Einaudi   Experience Extended

 

#8 - Péndulo

miércoles, 28 de octubre de 2020


Aquellos viajes largos son pasos que se repiten una y otra vez. Pulsaciones constantes que mantienen la vida que ya no quieres vivir. Aletargado en pausas de lo ya visto, lo ya vivido.

La niña siente que la tierra se escurre entre sus dedos y cuenta cada partícula de polvo en una pausa de cientos de años, en el tiempo que retrocede y se adelanta. Intuyendo un pasado perfecto que dio origen a la destrucción de la vida.

La humanidad fue un minúsculo oasis fabuloso condenada a morir al mismo tiempo de nacer. Y la comprensión de todo se dio en un chispazo que irradió de luz, otro tipo de luz, a las constelaciones. Y a lo que sintieron le dieron muchos nombres y lo transfiguraron en cuerpos y seres. Creadores y destructores que soñaron y añoraron más allá de lo que se les fue permitido. Y llego el sacrificio por lo que crían, y llego la crueldad al asumir su propia naturaleza vasta de venganzas y vergüenzas. Luego el terror y la calma. La nada en los ojos cerrados asumiendo su propia extinción.

La niña mira los vastos campos vacíos de la tierra interfecta que ya no muestran restos de la presciencia de la vida. Solo las danzas de polvo imitan formas de todo lo habitado

Quiere regresar al lugar de su nacimiento, al origen que también fue origen de la flor. Estará allí esperándola. Son polvo y fuerza. Un péndulo que se ha de detener.  

  

sonido
Wokaliza (Dziewiate wrota)