Deambulo extraviado en una Babilonia
cubierta por banderas de guerras ajenas.
Madrugada y garúa. Camino sin rumbo, ajeno al hoy y al ahora.
Despierto de mis cavilaciones sobre el arte muerto, ese que por las noches me
desvela como un zumbido punzante y persistente. Es un dolor incrustado en mi
costado, una espina que nunca cede.
¿Será la vergüenza de haber fracasado, aun
después de morir mil veces al frente?
¿O el orgullo de no haber callado, aunque la sangre brote en tinta negra y en
pincel urgente?
Perdido.
Años, años.
Eternidad huérfana.
Dibujo en un sucio bar de Mason Street. Las
chicas esperan clientes que nunca llegan; solo hay migrantes que se ocultan de
la policía entre los adictos al fentanilo.
Las luces rojas se encienden. Suena una
canción que me resulta familiar.
Fénix me mira desde lo alto y comienza a bailar.
Sonríe.
Lo siento nena: me niego a comprar amor.
La dibujo, pero las líneas forman una nota destinada al subsuelo, allí donde
las disculpas ya no tienen valor.
Nadie se sienta ya frente a ella; los pocos billetes rotos que caen llevan
impresas manchas de esperma y de tristeza.
Sin embargo, entre el ruido, aún puedo
oírla pronunciar mi nombre.
Estoy perdido, perdido como cada viernes de ebriedad.
Piensa en esto: nuestros destinos caen
juntos como una semilla que desciende hasta el fondo de la tierra, sepultada
tan hondo que florecer dejó de ser opción.
Ella guarda mi bitácora cuando me derrumbo,
otro viernes dormido sobre la mesa de un sucio bar.
El artista regresa al pueblo que lo vio
nacer.
Siente que la muerte baja de las montañas como una vieja mula con cargas
invisibles, cuyos pasos resuenan sobre la voz queda del río.
¿Acaso el río murmura un canto de cuna, un susurro de medianoche en quechua?
El espectro se detiene junto al pozo donde
jugó de niño.
El artista acaricia los ichus como si fueran los cabellos de su madre.
—Agárrate de mi pollera y no te separes de
mí. Los sinchis están bajando armados. No mires. Vamos, apuradito, apuradito...
En la cocina humosa, el artista huele la
sopa de habas que se cocina lenta, como si el tiempo estuviera reunido en un
beso maternal que nunca se hubiera ido.
Sobre la mesa, el tazón humeante huele a las manos de su madre, sabe a caricia
que cura, a casa limpia y ordenada, a oración por una tierra leve.
—Mamá… suenan disparos.
El viejo artista, que fracasó tantas veces
en el amor y en el arte, se aferró a esa sopa clara como a una obra sin
terminar.
A la abrumadora sapiencia de los milenios, que le recitaba cantos de justicia.
Cantos que no supo plasmar.
—Te he fallado, madre.
Y, rememorando su vida, deseó morir allí,
con las manos sucias y decenas de lienzos abortados.
Abrigado junto al fuego de la bicharra, esperando ser incendiado con la
esperanza de ser purificado.
Envuelto en canas flameantes, sobre el regazo de su madre adolescente.
Adictos al fentanilo, figuras retorcidas como esculturas vivientes se despliegan en las aceras del barrio de Tenderloin. Esquivar sus cuerpos es como sortear escombros humanos en una ciudad que se descompone a cada paso. Camino entre carpas de colores desteñidos, un carnaval derrotado de sueños rasgados por la intemperie y el abandono. Soy un latino vagando de madrugada en un San Francisco que se tambalea entre el caos y la indiferencia, buscando una habitación barata donde pasar la noche.
Estoy corto de efectivo. He viajado tres horas en tren y gastado parte de mis ahorros para asistir al concierto de System of a Down. El cuerpo me pesa después de tanta euforia. Al salir subí a un tranvía para escapar de la postal pulida del Golden Gate Park, ese lugar que tantos turistas presumen en fotos saturadas de filtros.
Bajo en Tenderloin. Compro unas cervezas y saco de la mochila mis stickers con mis dibujos. Comienzo a pegarlos en las paredes: un corazón partido y una mosca posada en él. Regalo algunos a los sin hogar, a los adictos. A cambio me ofrecen sus historias con palabras arrastradas, como si hablar también doliera.
Tarareo una canción en especial: Lost in Hollywood. Y sí, tambien encaja perfectamente con estas calles. “Te miran de manera repugnante, Nunca debiste haber confiado en Hollywood”
La pesadilla americana, ese sueño oxidado que ya no brilla.
¿Por qué esa canción? Porque recuerdo mi viaje a Los Ángeles para conocer Hollywood. De cuando caminé por el Paseo de la Fama y caí en cuenta que es sólo un pedazo de cemento endulzado con ilusiones, una vitrina que te invita a mirar ese mundo perfecto y artificial. Pero unas cuadras más abajo, las estrellas en el suelo se opacaban siendo rodeadas de ruido, vendedores ambulantes, carpas raídas e indigencia persistente.
System of a Down habla de este sistema que primero te acaricia para luego devorarte.
“Todos ustedes gusanos, fumando cigarrillos en Sunset Boulevard.”
Y sí, aquella vez estaba perdido en Hollywood, como ahora lo estoy en San Francisco. Y, como entonces, son los barrios olvidados los que me abren sus muros para intervenirlos. Como si las paredes también desearan gritar junto a mí..
sonido
System Of A Down - Lost In Hollywood (Sub. español)
Cuarto día ebrio. Cuarto día
prometiéndose que ese cigarrillo será el último.
Su garganta de arena escupe una
carraspera. En su piel, las llamas persisten a pesar de la nieve que muerde el
norte. Un hilo de sangre escapa de su labio cuarteado; lo limpia con la lengua,
áspera, como si masticara polvo.
La tormenta en Babilonia intenta lavar
los cadáveres palestinos, pero la democracia falsa ya los tiñó para siempre.
Nina Simone canta muy bajo. El sonido
emana de un móvil oculto en su bolsillo.
Su mano recorre la pared como un
lazarillo buscando no caer. Tiembla. Siente humedad en la espalda, en el
cabello largo, en las mejillas. Se desvanece bajo un farol de una calle
empedrada que nadie mira.
Babilonia llora a cántaros.
“¿Cuánto falta para llegar a casa?”
La pregunta resuena en su cabeza como un
eco en una caverna.
Kilómetros y kilómetros de tiempo
migrante.
Un arbusto lo envuelve como el vientre
de una madre bajo escombros. Lo abraza, lo aprieta, como si esperara oír voces
que llamen al sol para iluminar la vida. Se acurruca. Nina canta cada vez más
bajo.
Frío frio
La nada.
Luces de colores.
Luces de colores y un brazo que lo
levanta por el torso.
Gente blanca le limpian el rostro
cobrizo. Mastican palabras hispanas con torpeza. “Check out that smile, this
guy's crazy,” exclaman. Lo envuelven en una manta plateada.
Tánatos busca en sus bolsillos. Su
pequeña bitácora ha desaparecido.
Sale de la ambulancia. La manta plateada
lo cubre. Pero el frío, el verdadero, está dentro.
Retoma el camino al bar.
“Si mi bitácora se va a destruir, será
bajo mis términos,” grita, como si importara a alguien.
Camina hacia sus infiernos, bajo las
miradas confusas de los paramédicos que no lo entienden. Para ellos, es otro
homeless. Un pobre migrante del tercer mundo, otro tipo con un mal viaje. Lo
dejan ir.
“Cada mañana fresca es una pequeña
juventud; cada descanso y sueño, una pequeña muerte.”
Cita a Schopenhauer en un murmullo, como
si fuera oración.
Relame la sangre seca en sus labios.
Cuenta los dólares robados de la
billetera del paramédico.
Vuelve a mostrarme la caricia de sombras
dormidas, en rojo de luz reversa de una Luna sangrante que pausadamente cubría
nuestros cuerpos, como un susurro calmo después del sexo. Recuérdame aquel
cuarto de hotel con de paneles que estallaban luminiscentes, intrusas, en
nuestra raída habitación clandestina de medianoche.
Noche de moralidad enferma, noche ebria sin
razón. Noche cualquiera.
Una cerveza fría en un
pueblo cubierto de nieve. Las yemas de mis dedos azules se complementan con la
acuarela roja del pincel húmedo. La escarcha voraz disculpa el ebrio ímpetu por
crear, aunque cada día fue más hierático mis ganas de luchar.
Un ensayo de teoría del arte se deshoja de
tanto leerlo al igual que el pequeño libro de poesía de Walt Whitman: "Temo
que estas realidades ilusorias se desvanezcan bajo tus pies y entre tus
manos" me susurra el aire. No hay nada más que leer en este espacio que
limita con la nada.
Miro hacia la niebla infinita que desdibuja
mis sueños de juventud. Son las nocturnas de Whistler que se revelan hirientes
de lo que se esperó de mí. Luces que
iluminaran un legado de frustraciones de un país que se regocija de sus
muertos. Estuve en la mirada de un hijo que acepta el golpe certero de su padre
para no reinar la nación de monstruos.La
cabeza ensangrentada y el abrazo al príncipe yaciente. Ilya Repin tatúa en mis retinas
mi fin complaciente.
Cara a cara con la bestia. No heredaré la tierra de los marginados, no escaparé de este pueblo
olvidado.