Una bitácora de viaje, una estación necesaria.
Proyecto a modo de espacio en que puedo sacar, con dibujos y frases, a los demonios que tengo dentro.


Edmer Montes - Ojo de Cuervo





En el centro

lunes, 25 de enero de 2016






Detrás, la calle húmeda burlándose de las mujeres que me amaron, atrás los libros malgastados sobre la vereda cubierta de jóvenes del ron barato. Una rosa y un trago, sobre la mesa el poema que Ofelia se negó a escribir. Madrugada en las fieras calles de lima, en el centro del ojo del animal degollado.

sonido

 

I me mine


La poetisa prende un cigarrillo formando danzas de humo entre sus labios. Un beatle canta “I me mine" en la rocola y con la mirada esquiva sentimos la orfandad compartida. Ya no es nuestra canción. Los residuos en el cenicero se lían con su sonrisa incinerada y ambas forman un mirlo enjaulado. Lo fuimos alguna vez, lo fuimos y es trágico saberlo. Terminamos lo que será nuestro último trago juntos.
“¿Escribirás algo de esto?” pregunto
“Ya no” responde.

sonido

Infinitud

jueves, 14 de enero de 2016


Un tiempo de un año cósmico, para la aparente infinitud de la caída hacia el fondo de una turbia copa de vino. Ascienden burbujas, lo eterno me cubre. En un segundo mi vida entera.
Expiraré observando la inmensidad escarlata.

Sonido 

ojos de sueño

viernes, 8 de enero de 2016


Clarissa agarra su biberón, se echa en el piso, y mientras bebe me mira con sus enormes ojos de sueño. Soy el gigante, soy el roble para ella. Pero en cambio me siento débil. Sin taller para hacer esculturas tuve que destruir y botar mis viejos trabajos. Mi hogar es pequeño y mi familia es son la prioridad.
¿Horas difíciles de animal enjaulado? Sí.  
Ella sonríe y me duele. 
Agarro una cartulina A3 y las acuarelas. Decido pintarla. No solo porque es mi hija, es para recordar que todo lo que hago es por esa mirada. Ella abrirá esa jaula.

Sonido


La Bohemia

domingo, 22 de noviembre de 2015







Ofelia, la poeta, no recuerda mi nombre. “¿El artista, vedad?” me pregunta. Asiento con la cabeza distraído y así parecer más profundo de lo que realmente soy (siento un molesto sabor a fraude entre mis dientes). Bebimos  juntos infinidad de veces pero ella aún no se recuerda de mí. Cómo hacerlo si siempre fui el chiquillo sin dinero rodeado (casi oculto) por los poetas del 90. Era el estudiante torpe de Bellas Artes que hacia dibujitos enfermos en los fanzines subterráneos.

Aquellos años ella era tan joven como yo, pero en medio de esa fauna traía locos a una docena de machos alfa. En los recitales danzaba junto a su pluma fuente y se apuñalaba en su sexo repetidas veces. Se prendía fuego y cantaba. La vi por primera vez así, menuda sombra que se perdía sobre el imponente escenario, la ninfa que le gritaba a su amante que no se detuviese en su ritual de sexo y dolor. “No pares” gemía una y otra vez, y los universitarios y las feministas festejaban con cada verso. “Sigue sigue” recitaba y los machos babeantes se extasiaban al unísono. En medio de ese bullicio pude ver fascinado a una chiquilla de mejillas rojas, que en medio de su éxtasis, lidiaba con una gota latente que se negaba a expulsar.  Fue en la facultad de letras, de la universidad más antigua de Latinoamérica, que Tánatos fabricó su musa de entre cadáveres. Se enamoró de una ficción.

Ahora Ofelia está sentada nuevamente junto a mí y decido, por fin,  contarle aquella historia de la primera vez que la vi. Me escucha sorprendida y esquiva la mirada. Se siente alagada, yo avergonzado. Pido una ronda más. “No recuerdo que nos conociéramos desde hace tanto” murmura. Notamos los años en nuestros rostros, nuestras heridas auto infringidas que no cicatrizan. Pensamos en nuestras familias que esperan en casa sin darse cuenta de nada.

Hay un incómodo silencio.

Ofelia sorbe un trago. Hace una pausa. Y sin esperarlo empieza a recitar el mismo poema de hace quince años. La escucho y esta vez soy yo quien se sonroja. Ella continúa. Los ebrios voltean la cabeza mientras Ofelia sigue declamando, sin inmutarse, sobre los amantes fugaces de un hotel de paredes raídas, versos cuan gemidos de un vacío inevitable, la pérdida  de la inocencia y el dolor perpetuo. Los amantes de espaldas sangrantes. “Sigue, sigue, sigue… no te detengas”. El orgasmo cercano a la muerte. Virginia emerge lentamente del río Ouse.

Los ebrios de las mesas contiguas vitorean y ella con media sonrisa baja la mirada. Sangra mi pecho. Estábamos rodeados de músicos, poetas, artistas, y todos ellos están vistiendo la misma mascarada de locos bohemios. Un bar mítico que seguía perdiendo irremediablemente sus brillos a causa de sus propias historias. “La fauna ya no es la misma tío” se oía decir a un viejo poeta. El bar de la vieja rocola de dos canciones por cincuenta centavos.

Ella está en silencio. Saco unas monedas y me dirijo hacia la rocola. Canciones, canciones, canciones. Tengo la mente en blanco. La sangre deja un rastro sobre el piso y me siento desorientado. Viene a mis espaldas la pérdida, el vacío. La muerte respira en mi nuca. Ofelia ya se ha ido del bar.

Torpemente elijo unos temas y regreso a mi mesa. Las botellas  vacías mojaron completamente mis dibujos. Suena el bolero, “La juventud se fue, yo ya no espero más. Mejor dejar perdido los anhelos que no han sido”. Casi no tengo dinero pero pido una botella más. Trato de dibujar su rostro pero rayo las hojas sin darme cuenta, en un movimiento cada vez más inquebrantable y violento que logro evitar. 

Mi bitácora, mi musa.
Ambas se destrozan entre mis manos.

sonido


PIEZAS

jueves, 29 de octubre de 2015




Sentado junto a ella  reconozco las pocas piezas de lo que fué nuestros cuerpos. Dejamos atrás pulmones perforados, dientes quebrados  y el cerebro en pulpa a causa de los ácidos. Vivimos en medio del hedor de a los cerros iluminados, bebemos entre lo peor de mi generación. En los rincones cantan pero pareciese que aullaran a cada herida de sus sueños negados, a sus virtudes paganas. Comparar las costras te hermana con las fieras. Ya no te aterran sus pupilas.

La noche persevera y  las culpas se diluyen en ron barato. El bar se presenta con un grito continuo que lo siento frio en la cara. Termino mi copa y mastico los vidrios. Ella se acerca sigilosa. El carmín barato de sus labios se confunde con mi sangre. Se para. Lanza un escupitajo veloz al rostro burlón que está detrás de mí. Un vaso se hace añicos en la frente del niño bonito.
La novia perfecta para un homicida en ciernes.


Sentados en la vereda la cubro con mi casaca, ella me pasa la botella. Dos serpientes expulsadas del Edén, dos serpientes que asesinaron a su mesías. Permanecemos callados. Nos levantamos y retomamos el camino hacia otro bar. Otro bar de mala muerte, que en medio de su inmundicia, dejaremos las siguientes piezas de nuestros cuerpos. 

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OCTUBRE

lunes, 5 de octubre de 2015





- ¿Cuánto tiempo piensas quedarte en el cuerpo de Regan?.
- ¡Hasta que se pudra y se convierta en heces!
the exorcist -  William Friedkin


Octubre me parece fascinante desde niño.

Veíamos en familia bajo un manto de oscuridad que cubría toda la casa, las ya clásicas películas de terror en una pantalla a blanco y negro. Los seres extraños y los locos homicidas rondaban las noches de octubre. Nadie salía del sofá por agua o por comida, ni siquiera para ir al baño. Lo oscuro se tornaba más imponente y voraz.  Aunque a decir verdad recuerdo que los chillidos de mis hermanas nos asustaban más que las  tramas.
Octubre, mi mes favorito.

¿Y quién promovía esas noches de susto y trauma?... Mi mamá.
¡Sí!, mi viejita es recontra Hardcore. Aunque es una mujer religiosa y devota, también es amante de “la sangre y la degollación” como dice ella. Enserio, esa frase es suya. Una madre que todo “engendrito” como yo soñaría tener. Y aún lo es.
Estas noches se queda tejiendo frente al televisor, sola, saboreando sustos y tenciones hasta la madrugada. La pantalla y ella, sin que nadie la moleste. Como debe verse una buena película.

Si bien mi  amor por el cine me lo inculcó ella, también fue causante de mis pesadillas infantiles. Digo, ¿qué madre en estos días le enseñaría a su hijo de 7 años “El exorcista” una noche de Halloween?
Ahora tengo en mi estante colecciones de cine de terror. Un friki con muñequitos de espanto que tiene su ritual de Octubre frente a la TV.   

Hace unos días estábamos junto a mi hermana hablando de cine y mi madre nos comenta:
- Anoche volví a ver esa película antigua de jovencitos que son perseguidos por un tipo grandote.
- mmm ¿Viernes 13?.... ¿Halloween? - dije
- Nooo.. – respondió- También tenía una máscara pero éste mataba con una motosierra.

Mi hermana y yo nos miramos. Mi madre había visto “Masacre en Texas” de Tobe Hooper.
La abracé y pensé: ¡¡Esta es mi viejita carajo!!


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