Detrás, la calle húmeda burlándose de las mujeres que me amaron, atrás los libros malgastados sobre la vereda cubierta de jóvenes del ron barato. Una rosa y un trago, sobre la mesa el poema que Ofelia se negó a escribir. Madrugada en las fieras calles de lima, en el centro del ojo del animal degollado.
La poetisa prende un cigarrillo formando danzas de humo entre sus labios. Un beatle canta “I me mine" en la rocola y con la mirada esquiva sentimos la orfandad compartida. Ya no es nuestra canción. Los residuos en el cenicero se lían con su sonrisa incinerada y ambas forman un mirlo enjaulado. Lo fuimos alguna vez, lo fuimos y es trágico saberlo. Terminamos lo que será nuestro último trago juntos. “¿Escribirás algo de esto?” pregunto “Ya no” responde.
Un tiempo de un año cósmico, para la aparente infinitud de la caída hacia el fondo de una turbia copa de vino. Ascienden burbujas, lo eterno me cubre. En un segundo mi vida entera. Expiraré observando la inmensidad escarlata.
Clarissa agarra su biberón, se echa en el piso, y mientras bebe me mira con sus enormes ojos de sueño. Soy el gigante, soy el roble para ella. Pero en cambio me siento débil. Sin taller para hacer esculturas tuve que destruir y botar mis viejos trabajos. Mi hogar es pequeño y mi familia es son la prioridad.
¿Horas difíciles de animal enjaulado? Sí.
Ella sonríe y me duele.
Agarro una cartulina A3 y las acuarelas. Decido pintarla. No solo porque es mi hija, es para recordar que todo lo que hago es por esa mirada. Ella abrirá esa jaula.
Ofelia, la poeta, no recuerda
mi nombre. “¿El artista, vedad?” me pregunta. Asiento con la cabeza distraído y
así parecer más profundo de lo que realmente soy (siento un molesto sabor a
fraude entre mis dientes). Bebimos juntos infinidad de veces pero ella
aún no se recuerda de mí. Cómo hacerlo si siempre fui el chiquillo sin dinero
rodeado (casi oculto) por los poetas del 90. Era el estudiante torpe de Bellas
Artes que hacia dibujitos enfermos en los fanzines subterráneos.
Aquellos años ella era tan
joven como yo, pero en medio de esa fauna traía locos a una docena de machos
alfa. En los recitales danzaba junto a su pluma fuente y se apuñalaba en su
sexo repetidas veces. Se prendía fuego y cantaba. La vi por primera vez así,
menuda sombra que se perdía sobre el imponente escenario, la ninfa que le
gritaba a su amante que no se detuviese en su ritual de sexo y dolor. “No
pares” gemía una y otra vez, y los universitarios y las feministas festejaban
con cada verso. “Sigue sigue” recitaba y los machos babeantes se extasiaban al
unísono. En medio de ese bullicio pude ver fascinado a una chiquilla de
mejillas rojas, que en medio de su éxtasis, lidiaba con una gota latente que se
negaba a expulsar. Fue en la facultad de letras, de la universidad más
antigua de Latinoamérica, que Tánatos fabricó su musa de entre cadáveres. Se
enamoró de una ficción.
Ahora Ofelia está sentada
nuevamente junto a mí y decido, por fin, contarle aquella historia de la
primera vez que la vi. Me escucha sorprendida y esquiva la mirada. Se siente
alagada, yo avergonzado. Pido una ronda más. “No recuerdo que nos conociéramos
desde hace tanto” murmura. Notamos los años en nuestros rostros, nuestras
heridas auto infringidas que no cicatrizan. Pensamos en nuestras familias que
esperan en casa sin darse cuenta de nada.
Hay un incómodo silencio.
Ofelia sorbe un trago. Hace
una pausa. Y sin esperarlo empieza a recitar el mismo poema de hace quince
años. La escucho y esta vez soy yo quien se sonroja. Ella continúa. Los ebrios
voltean la cabeza mientras Ofelia sigue declamando, sin inmutarse, sobre los
amantes fugaces de un hotel de paredes raídas, versos cuan gemidos de un vacío
inevitable, la pérdida de la inocencia y el dolor perpetuo. Los amantes
de espaldas sangrantes. “Sigue, sigue, sigue… no te detengas”. El orgasmo
cercano a la muerte. Virginia emerge lentamente del río Ouse.
Los ebrios de las mesas
contiguas vitorean y ella con media sonrisa baja la mirada. Sangra mi pecho.
Estábamos rodeados de músicos, poetas, artistas, y todos ellos están
vistiendo la misma mascarada de locos bohemios. Un bar mítico que seguía
perdiendo irremediablemente sus brillos a causa de sus propias historias. “La
fauna ya no es la misma tío” se oía decir a un viejo poeta. El bar de la vieja
rocola de dos canciones por cincuenta centavos.
Ella está en silencio. Saco
unas monedas y me dirijo hacia la rocola. Canciones, canciones, canciones.
Tengo la mente en blanco. La sangre deja un rastro sobre el piso y me siento
desorientado. Viene a mis espaldas la pérdida, el vacío. La muerte respira en
mi nuca. Ofelia ya se ha ido del bar.
Torpemente elijo unos temas y
regreso a mi mesa. Las botellas vacías mojaron completamente mis dibujos.
Suena el bolero, “La juventud se fue, yo ya no espero más. Mejor dejar perdido
los anhelos que no han sido”. Casi no tengo dinero pero pido una botella más.
Trato de dibujar su rostro pero rayo las hojas sin darme cuenta, en un
movimiento cada vez más inquebrantable y violento que logro evitar.
Sentado junto a ella reconozco las pocas piezas de lo que fué nuestros
cuerpos. Dejamos atrás pulmones perforados, dientes quebrados y el cerebro en pulpa a causa de los ácidos. Vivimos
en medio del hedor de a los cerros iluminados, bebemos entre lo peor de mi generación.
En los rincones cantan pero pareciese que aullaran a cada herida de sus sueños negados,
a sus virtudes paganas. Comparar las costras te hermana con las fieras. Ya no
te aterran sus pupilas.
La noche persevera y las culpas se diluyen en ron barato. El bar se
presenta con un grito continuo que lo siento frio en la cara. Termino mi copa y
mastico los vidrios. Ella se acerca sigilosa. El carmín barato de sus labios se
confunde con mi sangre. Se para. Lanza un escupitajo veloz al rostro burlón que
está detrás de mí. Un vaso se hace añicos en la frente del niño bonito.
La novia perfecta para un
homicida en ciernes.
Sentados en la vereda la cubro
con mi casaca, ella me pasa la botella. Dos serpientes expulsadas del Edén, dos
serpientes que asesinaron a su mesías. Permanecemos callados. Nos levantamos y retomamos
el camino hacia otro bar. Otro bar de mala muerte, que en medio de su
inmundicia, dejaremos las siguientes piezas de nuestros cuerpos.
- ¿Cuánto tiempo piensas quedarte en el cuerpo de Regan?.
- ¡Hasta que se pudra y se
convierta en heces!
the exorcist - William
Friedkin
Octubre me parece fascinante
desde niño.
Veíamos en familia bajo un manto de oscuridad que cubría
toda la casa, las ya clásicas películas de terror en una pantalla a blanco y
negro. Los seres extraños y los locos homicidas rondaban las noches de octubre.
Nadie salía del sofá por agua o por comida, ni siquiera para ir al baño. Lo
oscuro se tornaba más imponente y voraz. Aunque a decir verdad recuerdo
que los chillidos de mis hermanas nos asustaban más que las tramas.
Octubre, mi mes favorito.
¿Y quién promovía esas noches de susto y trauma?... Mi
mamá.
¡Sí!, mi viejita es recontra Hardcore. Aunque es una
mujer religiosa y devota, también es amante de “la sangre y la degollación”
como dice ella. Enserio, esa frase es suya. Una madre que todo “engendrito”
como yo soñaría tener. Y aún lo es.
Estas noches se queda tejiendo frente al televisor, sola,
saboreando sustos y tenciones hasta la madrugada. La pantalla y ella, sin que
nadie la moleste. Como debe verse una buena película.
Si bien mi amor por el cine me lo inculcó ella,
también fue causante de mis pesadillas infantiles. Digo, ¿qué madre en estos
días le enseñaría a su hijo de 7 años “El exorcista” una noche de Halloween?
Ahora tengo en mi estante
colecciones de cine de terror. Un friki con muñequitos de espanto que tiene su
ritual de Octubre frente a la TV.
Hace unos días estábamos junto a mi hermana hablando de
cine y mi madre nos comenta:
- Anoche volví a ver esa película antigua de jovencitos
que son perseguidos por un tipo grandote.
- mmm ¿Viernes 13?.... ¿Halloween?
- dije
- Nooo.. – respondió- También
tenía una máscara pero éste mataba con una motosierra.
Mi hermana y yo nos miramos. Mi madre había visto
“Masacre en Texas” de Tobe Hooper.